15/2/09

Ibn Hazm

El collar de la paloma

Aprovecha la ocasión, porque has de saber
Que las ocasiones pasan más deprisa que el relámpago.
¡Cuántas cosas que eran hacederas dejé para más tarde,
Y luego, una vez idas, se hicieron nudos en mi garganta!
Date prisa a coger el tesoro que hallaste;
Arrebata la presa como el halcón en acecho.

Ibn Hazm de Córdoba.


mar-de-dudas
mar de dudas (uno de mis primeros experimentos con Photoshop)


que ellos creen que soy yo

steve_adams_ballons

José Manuel Benítez Ariza


LOS AMIGOS

Si quisiera reunirlos en una fiesta -pienso
en una despedida, por ejemplo,
antes de un largo viaje-, posiblemente apenas
hablarían entre ellos, o tendrían
muy poco que decirse; y es fácil suponer
que el espacio previsto para el baile
o la conversación acabaría
irremisiblemente separándolos,
algo decepcionados, mientras yo
insisto en presentarlos, cuento anécdotas
que no vienen al caso
y les sirvo otra copa.


Pienso en cómo
los conocí, qué parte de mi vida
les pertenece, qué saben de mí
estos buenos amigos que no tienen
casi nada en común y representan,
sin saberlo, las vidas que soñé,
las que quiero olvidar, las que esa música
de fondo que yo solo distingo de las voces
y las risas de la celebración
convoca para mí. Cómo han cambiado.
Cómo he cambiado yo, que no sé qué decirles,
cómo pedir disculpas por haber
mezclado todas las invitaciones,
por citarlos en tiempos, en lugares distintos,
con tipos que ellos creen que soy yo.
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El poema es de Malos Pensamientos, Renacimiento (1994), a pesar del paso de los años sigue siendo de mis preferidos.


Las imágenes son de Steve Adams

con witkin, viendo pasar la vida desde un café

Tomando un café un día cualquiera, la mesa está al lado de una gran vidriera que va del suelo al techo.
Únicamente esos milímetros fríos y transparentes del cristal me separan de la calle, hacen que exista un dentro y un afuera.
Dentro estoy yo, contemplativa, y fuera, a un metro, deambula la vida. La gente camina apresurada, sube y baja por la acera. Los miro, hoy los miro de uno en uno.
A veces estoy enmimismada y como autista, pero hay días como hoy, en que la masa de gente se disgrega en multitud de personas y están muy cerca, cada uno de ellos está cerca.
Hoy me parece que puedo (como si una de esas llamas de pentecostés hubiera descendido sobre mi cabeza otorgándome la interpretación del lenguaje corporal) comprender lo que les ocurre por dentro. Leo lo que dicen con sus caras y sus cuerpos, leo cual es su dolor, su falta.
Hoy veo sus llagas y encuentro que yo tengo, en algún lugar, una llaga simétrica que me explica qué es lo que sienten.



Pasa gente a menos de un metro, al otro lado del cristal. Una mujer que habla sola, un joven que camina sonriendo, un anciano que se arrastra con evidente dolor en cada movimiento, una muchacha con los ojos llorosos y otra que parece brincar de alegría a cada paso, un ejecutivo que camina como si estuviera conquistando una tierra desconocida y una señora a la que todo a su alrededor le da asco. Todos pasean por la misma acera, pero cada uno de ellos vive en un mundo distinto.
Hoy miro pasar a la gente, me fijo especialmente en la gente mayor. Me pregunto porqué en este lugar y momento, en esta sociedad del bienestar y el confort habrá tanta gente que a partir de los 40 no puede soportar la vida sino es con ayuda de ansiolíticos o antidepresivos...




Las expresiones y emociones habituales y repetitivas acaban conformando las arrugas, fijando los rictus.
Con los años y sin remedio, las almas se asoman a las caras.
Curiosamente también, con los años reaparecen los niños. Estoy viendo niños en las caras de los viejos, y veo la decepción, el resentimiento, la vanidad o el orgullo herido, el desprecio o el autodesprecio, la timidez, el deseo de ser aceptados...
En la barra del bar se ha instalado una pareja de unos 60 años de aspecto bien cuidado e interesante, llevan gafas de colores, juveniles, se le ve bien, parecen satisfechos con la vida que han tenido y con la que tienen.
A mi lado pasa por la calle una mujer gorda, obesa, dejada, con expresión amarga, vestida con un mal gusto que parece determinado y arrastrando sus quilos excesivos y una larga trayectoria de insatisfacciones... va dejando un rastro de frustración que resplandece a la luz del sol.
El destino, la genética y la fortuna no tienen sentido de la mesura ni de la justicia: en esta lotería de la vida hay claros afortunados y pobres sufridores de desgracias y dolor, pero entre esos dos extremos posibles, en esa amplia "normalidad" en la que hemos caído la mayoría, somos -la mayor parte de las veces- los únicos administradores de nuestra infelicidad. Tal vez por las expectativas que nos creamos sobre lo que deberíamos tener o lo que estamos obligados a hacer, sobre lo que creemos que nos merecemos o que de ningún modo nos corresponde.




Las verdaderas fronteras son interiores y transparentes. El enemigo está siempre dentro y siempre es el mismo: el miedo. Miedo a no ser lo bastante válidos, fuertes, potentes, bellos, inteligentes, buenos, simpáticos, interesantes, etc... para merecer ser tenidos en cuenta, o ser amados. El miedo nos ciega y no nos permite ver. Nos desinteresa, nos cierra la vía de la curiosidad por lo que hay afuera o nos lo hace ver deformado, interpretamos la realidad en función de nuestros temores.
Del autobús baja una pareja de ancianos, él le tiende la mano para ayudarla en un gesto de cortesía y solidaridad espontáneas, que es uno de esos gestos que justifican una vida.
A saber cuantas putadas, cuantos desprecios y frialdades le habrá infligido a su mujer a lo largo de los años, pero hoy, en ese tenderle el brazo para ayudarla a bajar del autobús, había afecto sincero, cuidado y generosidad.



Los seres humanos nunca dejan de sorprenderme.

Las fotos son de Joel-Peter Witkin. Sus imágenes son bellas y terribles, no siempre fácilmente tolerables, pero si te interesan, aquí hay más.

Cuerpos animados


José Luis Piquero

RAQUEL (inédito)


Raquel, ¿qué te ha pasado

por la cabeza? Puede

que una de esas canciones de niños, tralará,

o quizá algo que no dijiste a tiempo

y que ahora no recuerdas.

Cosas que ponen triste. La tristeza,

la Puta,

se te ha prendido en las mejillas

como una araña.


Yo prefiero pensar en ti bailando,

en mi casa, no hace mucho de eso, y te aseguro

que tu sonrisa era la más bonita de la tierra.

Parecías un vaso o una fruta

hacia los que se alarga lentamente la mano:

algo para aprenderse de memoria.

Y sin embargo aquel no era tu sitio, ahora lo sé,

en esa desdichada felicidad de quienes lo dan todo y nunca hacen preguntas.

Raquel, eras un ángel que follaba y bailaba y bebía cerveza

pero los hombres nunca

te han tratado muy bien.


Lámete esas heridas, nenita, cógeme el teléfono.

El veneno del mundo te ha mojado los labios.

Sé sencilla.

Todos los hombres te desean pero

qué flores tan extrañas, ¿no es verdad?


Tú y yo sabemos tres o cuatro cosas

que dan para vivir

y nunca cometimos el error de acostarnos.

Raquel, quédate quieta entre las flores

e intenta ser feliz. Lo que hacen todos.





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Este es un poema lleno de amor, de aceptación afectuosa de las perfectas imperfecciones de los seres humanos. Es un ejemplo de esa mirada penetrante y sin concesiones, pero tierna, que sólo JL Piquero sabe prodigar a los juguetes rotos, pobres de nosotros machacados por la vida y sus circunstancias.

Como todo lo que escribe, me parece magnífico. Merecería más comentarios, pero le he pedido permiso al autor para utilizarlo porque necesitaba estos versos:


Parecías un vaso o una fruta

hacia los que se alarga lentamente la mano:

algo para aprenderse de memoria.



De este poema me gusta en especial esta imagen de un objeto bello o suculento que se desea tocar. No para poseerlo, sino para cerciorarse de que está ahí y que existe, para rozarlo y deleitarse con su presencia material.



A menudo me he preguntado por lo que hace que a ciertas personas nos apetezca tocarlas y a otras...no.

Es algo que no tiene relación directa con la belleza, y no me refiero especialmente al atractivo sexual. Hablo de un tipo de atracción más extensa e inconcreta, la que nos lleva a abrazar o desear tocar a nuestros amigos, o la que, simplemente, hace que toleremos o incluso busquemos la cercanía de ciertas personas, que les concedamos la oportunidad y el tiempo de compartir experiencias, que aprendamos a quererlas y a valorarlas hasta que se convierten en nuestros amigos.


Por supuesto que proporciona placer la contemplación de un cuerpo bello, pero es un placer estático además de estético... es autosuficiente, no nos arrastra a buscar la cercanía, es un placer completo en sí mismo, no necesita constatación ni contacto.

Lo que nos atrae a la aproximación, lo que nos hace a alguna gente atractiva... es el movimiento, el modo en que se mueven, cómo animan sus gestos. Ciertos gestos embellecen, hay ojos que se iluminan cuando detrás hay un ¡ajá, he comprendido!, o que chisporrotean deliciosamente por un momento antes de que se inicie una sonrisa...

Por el contrario, hay ciertos gestos que ablandan unas manos de por sí hermosas, o actitudes que retuercen y endurecen unas facciones en principio irreprochables.


Creo que no me atrae la gente especialmente guapa, sino la gente que se mueve de determinada manera. No es predecible ni racional, es algo que ocurre. Por eso confío poco en las fotos, sé que necesito ver moverse a alguien para saber si me cae bien.



Recuerdo tristes despedidas en salas de velatorios.

Esas personas amadas ya no estaban allí, únicamente teníamos sus cuerpos inmóviles, sin animación, sin esa particular e irrepetible forma de sonreír, aburrirse o demostrar enfado... Ni siquiera el cuerpo parecía el mismo.

Eran cuerpos inanimados porque el ánima anima al cuerpo y le da forma, lo hace bello porque le da sentido. Y su ausencia lo deforma, lo convierte en objeto inerte, absurdo... irreconocible.

Miramos ese cuerpo vacío anonadados por el dolor de la pérdida y no nos queda sino reconocer que lo que amábamos ya no está allí.



Cada cual le da sentido y ritmo a su cuerpo, le da esa manera única y personalísima de moverse, gesticular, entornar los ojos, estallar en carcajadas, apretar los labios, levantar las cejas, caminar deprisa o despacio, estirarse, disimular un bostezo, sentarse, escuchar a otro mientras se asiente con leves inclinaciones de cabeza, susurrar o gritar. El cuerpo es también el modo en que entonamos una pregunta o cambiamos de posición para preparar una confidencia.


Casi con independencia (o a pesar) de la racional lista de virtudes o defectos que puedan poseer, ese modo personal de moverse es lo que hace que ciertas personas me parezcan agradables o que experimente un rechazo irracional e injustificable hacia otras.



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Los cuadros son de John William Waterhouse, un pintor prerrafaelita.

Alcohol y vanidad según Plà


Los textos son una traducción aficionada del Quadern Gris de Josep Plà.

"5 de junio. Elimino, con desagradables dificultades, una borrachera de pernod. Me hago el enfermo ante la familia. Mi madre -que lo entiende todo- hace la vista gorda. Paso horas y horas con una cabeza de plomo, la boca seca como cuero, con vaharadas intermitentes, como si me saliera humo de la piel de la cara y el cuerpo. Me levanto a las seis y media de la tarde. Sensación de ser como de cartón. ¡Ah, Dios mío! El vicio es amargo. La virtud es dulce y agradable. El alcohol me hace mucho daño...¡pero tengo tanta sed!. Además me acerco al alcohol con una especie de ilusión que me secuestra. Esta ilusión va ligada a un deseo irrefrenable de vehemencia y aturdimiento. Sentirse lleno, tirante, lúcido, ¡como si el cuerpo y el espíritu os hubiesen crecido desmesuradamente! El espíritu se me hace cómplice de la ilusión y me lleva a creer que la vehemencia es higiénica y necesaria. Por un duro (veinte miserables reales) se pueden tener cuatro pernods auténticos (Pernod Fils) helados, deliciosos, exquisitos, y estar dominado por un remolino dionisíaco siete u ocho horas. En la conversación este estado os da una facilidad de réplica y de observación aguda y brillante. El alcohol excita los reflejos mentales del cinismo. Notáis que la gente os escucha, que a veces se ríe, que os sigue con los ojos. Para la vanidad humana, para la propia vanidad, no hay nada tan estupefaciente ni tan satisfactorio como sentirse escuchado, como tener un público aparente o realmente atento. A medida que la vanidad se va saturando, sentís que la sed aumenta. Entráis en el horrible engranaje de la presunción y la sed... Esta alternancia de deseos dura lo que dura. Pero finalmente se produce la rotura, el crac, es decir, la asfixia producida por una enorme fatiga física. Después de la irisada euforia de las venas infladas y el corazón galopante sentís en las vísceras un gran vacío interno, con una rotura de huesos, un desfibramiento del cuerpo y la inmersión en una tristeza inexplicable, inmensa, horrible. (...)



6 de junio. El alcohol: en una "Instantánea" de Josep Ferrer, encuentro este curioso párrafo: La embriaguez por alcohol vuelve espléndidos a los avariciosos, da ingenio a los ignorantes; convierte a los egoístas en generosos; hace dilapidadores a los de techo bajo, buenos a los malos. El hombre más bobo, el más lerdo, el pedante integral es capaz, a través del alcohol, de un gesto generoso -de un gesto que en estado normal es literalmente imposible atribuirle. El aspecto de nuestra personalidad que la intoxicación alcohólica subraya y hace emerger es el más excelente -desde el punto de vista del candor moral. Dentro de cada uno de nosotros, pues, hay otro yo -otro yo más bueno- ya que el alcohol hace también que el hombre se vuelva más bueno.*"

Bien mirado, quizá solo hay otra fuerza capaz de producir los mismos efectos que Ferrer atribuye a la intoxicación alcohólica: es el ejercicio de la vanidad personal. El hombre (o la mujer) que no puede satisfacer su misterioso deseo de vanidad se vuelve triste, duro, malvado, resentido -y esto en cualquier grado en que el ejercicio de la vanidad pueda producirse. El hombre (o la mujer) que ve satisfecha su ansia de vanidad se esponja, se le licúa el siempre durísimo cristal de resentimiento potencial que llevamos dentro y es capaz de sentir una cierta ternura -tampoco mucha, apenas la que permite el sentido del ridículo.

Una sociedad de presuntuosos es plausiblemente concebible; una sociedad de humildes seria inhabitable y peligrosísima."**


Notas de la traductora:

* El tal Ferrer debía estar bien bebido y candoroso al escribir esto... Disiento, creo que el alcohol lo mismo nos saca lo mejor que lo más peor de lo malo, depende de las mezclas, las lunas y otros imponderables.

** Las negrillas son mías. Este párrafo siempre me ha parecido magnífico, pura sabiduría concentrada.

Amalia Bautista


Amalia Bautista.
Sólo algunos breves poemas, de una de mis poetas preferidas.


(Cuéntamelo otra vez. La veleta, 1999)

AL CABO



Al cabo, son muy pocas las palabras

que de verdad nos duelen, y muy pocas

las que consiguen alegrar el alma.

Y son también muy pocas las personas

que mueven nuestro corazón, y menos

aún las que lo mueven mucho tiempo.

Al cabo, son poquísimas las cosas

que de verdad importan en la vida:

poder querer a alguien, que nos quieran

y no morir después que nuestros hijos.


(Estoy ausente. Pre-textos, 2004)


MIS MEJORES DESEOS


Que la vida te sea llevadera.

Que la culpa no ahogue la esperanza.

Que no te rindas nunca.

Que el camino que tomes sea siempre el elegido

entre dos por lo menos.

Que te importe tanto la vida como tú a ella.

Que no te atrape el vicio

de prolongar las despedidas.

Que el peso de la tierra sea leve

sobre tus pobres huesos.

Que tu recuerdo ponga lágrimas en los ojos

de quien nunca te dijo que te amaba.


ALGUNOS INFELICES



Todos necesitamos que nos quieran.

Algunos infelices, sin embargo,

no sabemos vivir para otra cosa.




(Tres deseos. Renacimiento, 2006)


IDA Y VUELTA



Cuando nos dirigimos al amor

todos vamos ardiendo

llevamos amapolas en los labios

y una chispa de fuego en la mirada.

Sentimos que la sangre

nos golpea las sienes, las ingles, las muñecas.

Damos y recibimos rosas rojas

y rojo es el espejo de la alcoba en la penumbra.


Cuando volvemos del amor, marchitos,

rechazados, culpables

o simplemente absurdos,

regresamos muy pálidos, muy fríos.

Con los ojos en blanco, más canas y la cifra

de leucocitos por las nubes,

somos un esqueleto y su derrota.


Pero seguimos yendo.


lee + de Amalia Bautista

Hospital del Mar


Ayer tuve mañana médico-playera viendo los barcos pasar.

Cuando una es una esclava de la máquina de fichar y todos los días de la vida están comprometidos con un despacho y las mismas cuatro caras de cada día, cualquier pupita que me haga pasar por el especialista en el Hospital del Mar es una fiesta.

Uno se acostumbra al rígido horario y le resulta casi inconcebible que pueda existir tanta gente que lleva otro ritmo de vida, gente que un jueves por la mañana… simplemente no trabaja.

No son sólo jubilados y amas de casa, no únicamente las hordas de turistas que progresivamente invaden todos los rincones de la ciudad, noooo, es sorprendente pero hay todo tipo de gente, muchas personas, que los lunes y los martes y los miércoles laborables están en la calle, paseando, que están en la playa, tomando el sol, volando cometas, navegando en su barca, pescando o haciendo deporte.

Existe la vida fuera de la oficina en horario de oficina.

Me gusta el Hospital del Mar, es el privilegio de los humildes de Ciutat Vella.

En la zona alta todo el mundo tiene una mútua o paga alegremente al médico de más renombre. Una buena factura es una forma más de diferenciación social, un símbolo de estatus, es el elitismo de las señoras rubias con traje chaqueta y cadenas doradas por todas partes (su mujer ideal es Bibís Samaranch), las señoras que se relamen de gusto en la sala de espera recomendándose los médicos más conocidos, el gusto que les da apuntarse a su lista de pacientes también conocidos.

En Sarrià, Pedralbes, La Bonanova, la zona alta de Barcelona (alta por elevación sobre el nivel del mar y por elevación de la clase social residente) proliferan las clínicas privadas: Delfos, Teknon, Barraquer, espaciosas clínicas ajardinadas, con vestíbulos llenos de grandes plantas en maceteros dorados y opulentos, (con sistema automático de riego, porsupu); salas con cuadros al óleo (nada de pósters pegados con cinta adhesiva), habitaciones individuales, cama para el acompañante, revistas del corazón y periódicos para entretener la nunca excesiva espera a los empresarios, arquitectos, abogados, consejeros delegados, retoños de las mismas cuarenta o cuatrocientas buenas familias de toda la vida (éste es un país pequeño, somos pocos y en el poder siempre han estado más o menos los mismos)...

Mientras, aquí abajo, encerrados en la trama urbana medieval que nos dejó la última muralla, somos muchos los que acudimos a la sanidad pública. En el casco antiguo viven los pobres, pobres en general y emigrantes más pobres aún, y nos amontonamos en el ambulatorio más saturado de la ciudad. Aquí no hay plantas ni revistas, aquí desaparece hasta el rollo de papel del wc. Aquí nos atienden como pueden unos excelentes médicos y enfermeras, desbordados por la saturación humana de este barrio, aluvión de todo recién llegado sin otro bien que su propia doliente humanidad.

En mi ambulatorio las administrativas se revelan políglotas y van llenando el mostrador de avisos en árabe, inglés, chino o hindú: "para programar visita es imprescindible presentar la tarjeta sanitaria","la asistenta social se ha trasladado a la calle Rec", "servicio de atención a la mujer lunes y miércoles por la tarde en la planta baja". No hay hilo musical, pero nunca se hace ese silencio que pide la enfermera de la foto con su perpétuo dedo ante los labios.

A pesar de todo sigo siendo usuaria convencida de la sanidad pública, y me gusta este ambiente portuario, multiracial y pintoresco.

Odio los maceteros dorados con riego automático.

Para compensar la saturación, los habitantes del casco antiguo tenemos de hospital de referencia el que posee las mejores vistas de la ciudad: el Hospital del Mar. Es cierto que Sant Pau tiene sus jardines y sus preciosos pabellones modernistas, un entorno calmo y balneario del siglo pasado, pero lo del Mar es de anuncio inmobiliario: Primera línea de playa, amplios ventanales, orientación sur, sol todo el día. Si tienes que estar enfermo y hecho polvo, no se puede elegir un lugar mejor, si encima sólo se trata de darte un paseíto por algo leve, es un lugar maravilloso. Mis hijos, Martín y Olivia nacieron allí, a treinta metros de la playa.

Y por los alrededores del hospital del Mar la vida ciudadana tiene un aroma especial. El hospital del Mar está entre la Villa Olímpica y la Barceloneta, un barrio muy humilde, tradicionalmente de pescadores, muy mestizo, con mucho gitano de tercera o cuarta generación perfectamente asentado y catalanizado. La gente de la Barceloneta siente un orgullo especial por su modo de vida, relajado, social, y en contacto con el mar.

Las casas ya eran pequeñas cuando se urbanizó la zona, creo que a principios del XIX, pero el barrio experimentó pronto tal saturación que los pisos se fueron fragmentando y dividiendo, hasta crear toda una institución barcelonetense: "el cuarto de piso". La Barceloneta inventó la vivienda mínima antes que la Ministra y que Ikea. Como resultado de dividir un piso por la mitad y luego otra vez por la mitad, se conformó un espacio habitable "estandard" de unos quince o veinte metros cuadrados, donde vivían y viven aún familias completas.

Puesto que no existía espacio dentro, la gente vivía fuera. Incluso hoy las calles de la Barceloneta se llenan de sillas al caer la tarde, los vecinos salen a tomar el fresco, la acera es su sala de estar y la ropa tendida de lado a lado de la calle flamea sin pudor por encima de sus cabezas.

Los irreductibles que se bañan en el mar cada día del año, que están tostados y parecen de cuero incluso en invierno, son de la Barceloneta. Son los vecinos los que pasean por su playa, los que pescan para la cena de hoy, son los jubilados del barrio los que hacen flexiones y son los pescadores los que juegan a boley por la tarde, es a los del barrio a quienes veo desde el Hospital del Mar.

Si el domingo amanece claro, se llenará el paseo y la playa de ejecutivos con camiseta de marca, mountainbikes y casco, de abuelos y de parejas con niños... pobres barceloneses que viven en un eixample sin mar ni horizonte, con aceras y calles más anchas pero sin sillas y con más coches, sin pescaditos fritos ni sábanas al sol.




Unión de Bloggers Hispanos

Rilke (con Gloomy Sunday al fondo)




Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca halló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura.



Y hoy de banda sonora propongo tres o más versiones de un tema muy hermoso y con leyenda maldita:









Sarah Goodridge

goodridge1

Beauty Revealed (1828)

goodridge_autoretrato_1
Sarah Goodridge (1788-1853), se ganaba la vida como pintora de miniaturas.
Según cuentan Sarah estaba enamorada de Daniel Webster, uno de sus clientes habituales, orador, político y... casado.
Cuando el hombre enviudó, ella le regaló este Beauty Revealed, un autorretrato "íntimo" revelándole, literalmente, su belleza y su mundo interior.
Un hermoso modo de hacerle saber que estaba dispuesta a entregarse a él.
Pero el tipo no supo valorar el esplendor del gesto y prefirió un matrimonio por interés con el que promocionar su carrera política.
Es impresionante imaginar a una "solterona de 40 años" (pues eso es lo que era una mujer soltera a esa edad a principios del siglo XIX) pintando semejante imagen para entregarla al objeto de sus desvelos, fue una mujer muy valiente o muy loca (de amor, supongo).
Me encanta la imagen (es una miniatura pintada en marfil).
Y la historia del gesto.
Una pena que al tal Webster le interesara más medrar en política que esta mujer tan poco estándard, nos fastidió el final feliz.

Bonito seno, por cierto. Seguro que le hubiera encantado a Ramón

Más información sobre ella aquí y también aquí

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