Algunas de las películas que enmarcan mi educación sentimental y mi comprensión del mundo y de la vida llegaron sin avisar y de forma casual.
Drácula aterrorizó mi infancia pese a que me prohibieron verla y me colé debajo de la mesa, pero aún ahora me sigue fascinando. Ahora soy una adulta que cuando está estresada y padece insomnio lee cuentos de miedo
Arrebato, la vi durante un fin de semana en la Costa Brava que me tocó dormir en un sofá cama y había tormenta. Estaba desvelada, puse la tele y zás.
Fanny y Alexander fue una elección improvisada en un cine vacío del mes de agosto.
Peggy Sue se casó, iba a reírme sin más, pasar un buen rato... y salí del cine acongojada, pues se convirtió para mí en la perfecta ilustración de la maldición de Casandra, condenada a vaticinar el futuro sin poder remediarlo.
... hay tantas!
También sin saber muy bien qué era lo que iba a ver aparecí en un cine donde proyectaban El Cazador. Era aún muy joven y esa historia de amor, horror, lealtad y desesperanza me impactó profundamente. De algún modo a través de la historia que cuenta El Cazador se cristalizaron mis primeras experiencias y mi comprensión de que los finales infelices también ocurren, oh, sí, que existe la atrocidad, que somos vulnerables y que hay heridas irreparables.
Aún ahora su bellísima banda sonora me acompaña siempre en los (afortunadamente escasos, pero necesarios e higiénicos) momentos en que me permito entregarme a la autocompasión y la tristeza.
La noticia:
Muere Michael Cimino a los 77 años
El cineasta, responsable de 'El cazador', 'Manhattan Sur' o 'La puerta del cielo', solo dirigió siete filmes en su meteórica y truncada carrera
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3/7/16
19/6/15
perros y gatos
Uno es mucho más capaz de perdonarse el ridículo que hizo hace diez años que el que hizo hace diez minutos. No recuerdo quien lo dijo. Pero ¡cuanta verdad!
Me ha encantado encontrar este cuento.
Los entresijos de un ordenador son como el fondo de un armario.
El día que pillas un plumero y empiezas a sacar trastos y hacer limpieza general, te puedes encontrar tesoros olvidados.
Como éste. Me lo escribió con no poco recochineo mi querido José Luis recreando literariamente una historia, ejem, ligeramente basada en hechos reales. Afortunadamente ya muy lejanos.
LA VERDAD SOBRE PERROS Y GATOS
José Luis Piquero
Judith Gallimó
Detesto los animales. No me llevo bien con los perros ni con los gatos. Ellos no se llevan bien conmigo.
Con estos antecedentes, ¿por qué los amigos se empeñan en dejarme sus mascotas cuando se van de vacaciones? Respuesta, muy esperable: porque yo no me voy de vacaciones. En realidad, nunca voy a ningún sitio.
El año pasado tuve al gato de Jordi. Arañó a conciencia las patas de mi sofá, me destrozó las cortinas del salón y me llenó la casa de pelos. Eso y los sustos que me daba cuando irrumpía silenciosamente en la cocina y me rozaba las piernas con su lomo peludo. Pero nada fue comparable con Linda, la perra de Mariona, una boxer con horribles problemas digestivos que hace unas cacas espantosas (me refiero a Linda, no a Mariona).
Mariona se fue a Tánger con su novio y yo no pude decir que no.
-Es riquísima, super-cariñosa, ya verás.
-Sí, pero ese problemilla digestivo...
-¡No pasa nada! ¡No pasa nada! Verás: tiene un régimen especial con un pienso que le arregla la tripita. Por supuesto, yo te doy el pienso también.
-El caso es que en este momento no me viene que digamos...
-Mujer, no me hagas esto. Si es que no tengo con quién dejarla, pobrecita. Mira, si tú me dices que no, no voy a Tánger.
-Tampoco es eso.
-No voy, no voy...
Mariona ha estado dos años sola, llorando su separación como una magdalena. ¿Cómo voy a dejarla en casa, ahora que tiene novio y ocasión de ver mundo y salir del agujero?
-Explícame lo del pienso...
Así que mandé a los niños a colonias y cambié mi verano de libertad sola en casa por un verano con Linda. Agosto trajo un calor infernal pero al menos, con el pienso, Linda no daba problemas. Puede ser que me despistara un poco con eso; quizá una vez o dos la dejé comer carne. Un día, al llegar de trabajar, la peste me asaltó nada más abrir la puerta.
-¡Linda, qué has hecho!
Linda me miraba con ojos que decían: no he sido yo, no sé quién habrá sido. La caca estaba untada (esa es la palabra justa) por toda la alfombra y el parquet.
Recurrí al pienso. En el saco, un primo hermano de Linda se relamía los hocicos. Debajo ponía “Sensibility Control”. El saco estaba casi vacío.
-No te muevas de aquí. Voy a comprar tu medicina.
En la primera tienda de animales que encontré no tenían el pienso. Demasiado tarde, cuando ya lo había pedido, reparé en la ridiculez del nombrecito. Parecía que estaba pidiendo una caja de condones. La dependienta añadió, malvadamente:
-No sé si lo siguen fabricando, yo creo que no. Pero a algunas casas tal vez les queden stocks. Pruebe en X.
Recorrí todas las tiendas que conocía sin ningún éxito. Siempre aseguraban que lo tenían en X o en Y, pero cuando iba y preguntaba, se acababa de terminar. Parecía la persecución de un ladrón que siempre se me adelantaba. Tuve que anular mi clase de yoga y bajar al centro.
-No lo tenemos, pero suba al primer piso, a la consulta del veterinario. Allí seguro que tienen.
Una perseverancia como la mía tenía que tener alguna recompensa. Pero entonces no lo sospechaba. Subí al primer piso, llamé al timbre y me abrió el propio veterinario. Me quedé prendada de él.
Aleluya, un hombre que me ponía, y mucho, en el lugar, día y hora menos pensado. Entre treinta y cuarenta años, flaco, moreno, bonitas cejas, buena mandíbula. Me invitó a sentarme mientras despedía al perro de dos gays. Tenía una hermosa voz de contralto (me refiero a él, no al perro).
Yo le observaba comentar el largo de las uñas del animalito y me sorpendía a mí misma pensando cosas como: “Ooooh, yo quiero que este hombre me mime así, que me pase esa misma mano por el lomo y me coja la patita y examine mis uñas con idéntico interés”. Instintivamente me miré las uñas: estaban sucias. Escondí las manos a la espalda.
Los gays se fueron. Él me miró con simpatía. Yo le miré con devoción, metí barriga y le expliqué mi problema: “Sensibility Control”. De nuevo, las resonancias del nombre me hicieron sonrojar, pero esta vez de placer.
-Tengo un poco por aquí y espero recibir más. Pero no queda mucho. Ya no lo fabrican.
-Lo sé, no importa, digo: gracias.
-A ver el precio...
Buscó un papel, luego buscó otro. Se confundió, volvió al primero. Parecía confuso. Se me antojó una buena señal.
-Así que tu perro es un…
-Una perra. En realidad no es mía, es de una amiga...
-Y tú no tienes...
Era adorable la forma en que no terminaba ninguna frase.
-Bueno, sí, yo tengo dos hijos -Me mordí los labios. Ya era tarde para arreglarlo. Añadí, confusamente-: Soy divorciada.
¿No se abriría la tierra y me tragaría antes de seguir diciendo estupideces? No se abrió. En cambio, él esbozó una sonrisa (sus dientes eran perfectos) y dijo algo que me pareció muy adecuado:
-¿Como todo el mundo, no? –(¿Él también? Concédeme Dios esta pequeña gracia y seré buena siempre). Pero dejó este punto sin aclarar.
En ese momento sonó el teléfono. Yo dejé de morder el borde del saco de “Sensibility Control” y me despedí rápidamente, antes de que el aparato me robara su atención:
-Volveré a por más. Esto no me durará nada.
Gané la calle temblando.
Dejé pasar cuatro días prudenciales antes de volver. En ese tiempo, a Linda se le fue arreglando la tripita y yo empecé a cogerle cariño. Al fin y al cabo, gracias a ella había encontrado al hombre de mi vida. ¡Era tan guapo! ¡Y médico! Bueno, casi.
Mi karma había mejorado mucho, dijo mi instructor. Aunque nada podía detener las asechanzas del mundo: mi ex llamó para pedirme la dirección de las colonias.
-¿Es que piensas ir el Día de la Familia?
-Eso quería decirte. Voy a ir con Laura y, la verdad, sería... incómodo para ella que tú también estuvieras por allí.
-Oye, entre Laura y su madre, supongo que preferirán ver a su madre, ¿no te parece?
-¿Ya estás poniendo problemas? ¿Sigues sin novio, no?
-Eres un imbécil.
-Y tú una capulla.
Llegué de mal humor a la consulta. Para colmo, era un mal momento. La sala de espera estaba llena de perros y gatos. Encargué un saco grande.
-Será mejor que me des el teléfono –dijo-. Yo hablaré directamente con la fábrica.
-Este es el móvil, este es el fijo y este es el del trabajo.
¿Eran imaginaciones mías o estaba nervioso? Bajé las escaleras más contenta que una quinceañera con un autógrafo de Alejandro Sanz.
El lunes me llamó. Tendría un saco de seis kilos para el viernes siguiente. Si me venía bien, podría pasar a recogerlo el viernes a última hora. Le aseguré que me venía muy bien. Perfecto, él acababa la consulta a las ocho y media. Sonaba prometedor...
Esa tarde se presentó Antonio para quedarse unos días. Antonio no tiene problemas de novios (los colecciona) y, por eso mismo, siempre se puede contar con él para un buen consejo o el diseño de estrategias sumamente eficaces.
Nos pasamos la semana haciendo proxémica, ensayando el “momento viernes”. Se trataba de cómo proponerle tomar un café sin que el corazón se me saliera por la boca. Linda nos miraba asombrada.
-Lo importante es encontrar el equilibrio justo en la aproximación. No puedes ser demasiado indiferente, porque entonces podría sonar como una simple cortesía. Pero tampoco tienes que parecer ansiosa. Ahora presta atención, yo soy tú...
El viernes llegó como un suspiro. Yo estaba nerviosa, depilada y duchada, tenía la casa recogida y a Antonio alerta, con la maleta hecha y las llaves del piso de mi hermana por si, llegado el caso, el asunto había ido tan bien que tuviera que llamarle para que desapareciera de casa a la voz de ya.
Salí como quien parte a descubrir las cataratas Victoria.
Quizá llegué demasiado pronto. Se marchaba un gato y aún había un perro faldero esperando. Yo los odiaba y ahora los odio más.
-Pasa, ya tengo el saco. –Y a la dueña del perrito-: ¿Te importa? Es un momento.
-Tranquilo.
-Si no tengo prisa... –aventuré yo. Él ignoró la sugerencia.
-Aquí tienes. Me han asegurado que pueden suministrarme más en un par de semanas. Son 28 con 70.
Yo tenía una invitación y un café en la punta de la lengua. Trabajosamente, porque tenía la boca seca, me los tragué.
Cuando salía, la dama del perrito y mi hombre se saludaban con un piquito en los labios.
-¿Antonio? Que voy para allá.
-¿Ya? ¡Qué rapidez! Me marcho ahora mismo.
-Coge las llaves y baja a echarme una mano. Estoy caminando por la calle con un saco de pienso de seis kilos en los brazos. Me siento estúpida y esto pesa como un muerto.
El Día de la Familia me fui a las colonias. Los niños estaban muy morenos e insistieron en enseñarme su tienda de campaña. Por dentro olía como la consulta del veterinario.
Laura no apeó la cara de perro en toda la tarde.
Me ha encantado encontrar este cuento.
Los entresijos de un ordenador son como el fondo de un armario.
El día que pillas un plumero y empiezas a sacar trastos y hacer limpieza general, te puedes encontrar tesoros olvidados.
Como éste. Me lo escribió con no poco recochineo mi querido José Luis recreando literariamente una historia, ejem, ligeramente basada en hechos reales. Afortunadamente ya muy lejanos.
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| Linda, una jovencita en 2006 con las uñas pintadas |
LA VERDAD SOBRE PERROS Y GATOS
José Luis Piquero
Judith Gallimó
Detesto los animales. No me llevo bien con los perros ni con los gatos. Ellos no se llevan bien conmigo.
Con estos antecedentes, ¿por qué los amigos se empeñan en dejarme sus mascotas cuando se van de vacaciones? Respuesta, muy esperable: porque yo no me voy de vacaciones. En realidad, nunca voy a ningún sitio.
El año pasado tuve al gato de Jordi. Arañó a conciencia las patas de mi sofá, me destrozó las cortinas del salón y me llenó la casa de pelos. Eso y los sustos que me daba cuando irrumpía silenciosamente en la cocina y me rozaba las piernas con su lomo peludo. Pero nada fue comparable con Linda, la perra de Mariona, una boxer con horribles problemas digestivos que hace unas cacas espantosas (me refiero a Linda, no a Mariona).
Mariona se fue a Tánger con su novio y yo no pude decir que no.
-Es riquísima, super-cariñosa, ya verás.
-Sí, pero ese problemilla digestivo...
-¡No pasa nada! ¡No pasa nada! Verás: tiene un régimen especial con un pienso que le arregla la tripita. Por supuesto, yo te doy el pienso también.
-El caso es que en este momento no me viene que digamos...
-Mujer, no me hagas esto. Si es que no tengo con quién dejarla, pobrecita. Mira, si tú me dices que no, no voy a Tánger.
-Tampoco es eso.
-No voy, no voy...
Mariona ha estado dos años sola, llorando su separación como una magdalena. ¿Cómo voy a dejarla en casa, ahora que tiene novio y ocasión de ver mundo y salir del agujero?
-Explícame lo del pienso...
Así que mandé a los niños a colonias y cambié mi verano de libertad sola en casa por un verano con Linda. Agosto trajo un calor infernal pero al menos, con el pienso, Linda no daba problemas. Puede ser que me despistara un poco con eso; quizá una vez o dos la dejé comer carne. Un día, al llegar de trabajar, la peste me asaltó nada más abrir la puerta.
-¡Linda, qué has hecho!
Linda me miraba con ojos que decían: no he sido yo, no sé quién habrá sido. La caca estaba untada (esa es la palabra justa) por toda la alfombra y el parquet.
Recurrí al pienso. En el saco, un primo hermano de Linda se relamía los hocicos. Debajo ponía “Sensibility Control”. El saco estaba casi vacío.
-No te muevas de aquí. Voy a comprar tu medicina.
En la primera tienda de animales que encontré no tenían el pienso. Demasiado tarde, cuando ya lo había pedido, reparé en la ridiculez del nombrecito. Parecía que estaba pidiendo una caja de condones. La dependienta añadió, malvadamente:
-No sé si lo siguen fabricando, yo creo que no. Pero a algunas casas tal vez les queden stocks. Pruebe en X.
Recorrí todas las tiendas que conocía sin ningún éxito. Siempre aseguraban que lo tenían en X o en Y, pero cuando iba y preguntaba, se acababa de terminar. Parecía la persecución de un ladrón que siempre se me adelantaba. Tuve que anular mi clase de yoga y bajar al centro.
-No lo tenemos, pero suba al primer piso, a la consulta del veterinario. Allí seguro que tienen.
Una perseverancia como la mía tenía que tener alguna recompensa. Pero entonces no lo sospechaba. Subí al primer piso, llamé al timbre y me abrió el propio veterinario. Me quedé prendada de él.
Aleluya, un hombre que me ponía, y mucho, en el lugar, día y hora menos pensado. Entre treinta y cuarenta años, flaco, moreno, bonitas cejas, buena mandíbula. Me invitó a sentarme mientras despedía al perro de dos gays. Tenía una hermosa voz de contralto (me refiero a él, no al perro).
Yo le observaba comentar el largo de las uñas del animalito y me sorpendía a mí misma pensando cosas como: “Ooooh, yo quiero que este hombre me mime así, que me pase esa misma mano por el lomo y me coja la patita y examine mis uñas con idéntico interés”. Instintivamente me miré las uñas: estaban sucias. Escondí las manos a la espalda.
Los gays se fueron. Él me miró con simpatía. Yo le miré con devoción, metí barriga y le expliqué mi problema: “Sensibility Control”. De nuevo, las resonancias del nombre me hicieron sonrojar, pero esta vez de placer.
-Tengo un poco por aquí y espero recibir más. Pero no queda mucho. Ya no lo fabrican.
-Lo sé, no importa, digo: gracias.
-A ver el precio...
Buscó un papel, luego buscó otro. Se confundió, volvió al primero. Parecía confuso. Se me antojó una buena señal.
-Así que tu perro es un…
-Una perra. En realidad no es mía, es de una amiga...
-Y tú no tienes...
Era adorable la forma en que no terminaba ninguna frase.
-Bueno, sí, yo tengo dos hijos -Me mordí los labios. Ya era tarde para arreglarlo. Añadí, confusamente-: Soy divorciada.
¿No se abriría la tierra y me tragaría antes de seguir diciendo estupideces? No se abrió. En cambio, él esbozó una sonrisa (sus dientes eran perfectos) y dijo algo que me pareció muy adecuado:
-¿Como todo el mundo, no? –(¿Él también? Concédeme Dios esta pequeña gracia y seré buena siempre). Pero dejó este punto sin aclarar.
En ese momento sonó el teléfono. Yo dejé de morder el borde del saco de “Sensibility Control” y me despedí rápidamente, antes de que el aparato me robara su atención:
-Volveré a por más. Esto no me durará nada.
Gané la calle temblando.
Dejé pasar cuatro días prudenciales antes de volver. En ese tiempo, a Linda se le fue arreglando la tripita y yo empecé a cogerle cariño. Al fin y al cabo, gracias a ella había encontrado al hombre de mi vida. ¡Era tan guapo! ¡Y médico! Bueno, casi.
Mi karma había mejorado mucho, dijo mi instructor. Aunque nada podía detener las asechanzas del mundo: mi ex llamó para pedirme la dirección de las colonias.
-¿Es que piensas ir el Día de la Familia?
-Eso quería decirte. Voy a ir con Laura y, la verdad, sería... incómodo para ella que tú también estuvieras por allí.
-Oye, entre Laura y su madre, supongo que preferirán ver a su madre, ¿no te parece?
-¿Ya estás poniendo problemas? ¿Sigues sin novio, no?
-Eres un imbécil.
-Y tú una capulla.
Llegué de mal humor a la consulta. Para colmo, era un mal momento. La sala de espera estaba llena de perros y gatos. Encargué un saco grande.
-Será mejor que me des el teléfono –dijo-. Yo hablaré directamente con la fábrica.
-Este es el móvil, este es el fijo y este es el del trabajo.
¿Eran imaginaciones mías o estaba nervioso? Bajé las escaleras más contenta que una quinceañera con un autógrafo de Alejandro Sanz.
El lunes me llamó. Tendría un saco de seis kilos para el viernes siguiente. Si me venía bien, podría pasar a recogerlo el viernes a última hora. Le aseguré que me venía muy bien. Perfecto, él acababa la consulta a las ocho y media. Sonaba prometedor...
Esa tarde se presentó Antonio para quedarse unos días. Antonio no tiene problemas de novios (los colecciona) y, por eso mismo, siempre se puede contar con él para un buen consejo o el diseño de estrategias sumamente eficaces.
Nos pasamos la semana haciendo proxémica, ensayando el “momento viernes”. Se trataba de cómo proponerle tomar un café sin que el corazón se me saliera por la boca. Linda nos miraba asombrada.
-Lo importante es encontrar el equilibrio justo en la aproximación. No puedes ser demasiado indiferente, porque entonces podría sonar como una simple cortesía. Pero tampoco tienes que parecer ansiosa. Ahora presta atención, yo soy tú...
El viernes llegó como un suspiro. Yo estaba nerviosa, depilada y duchada, tenía la casa recogida y a Antonio alerta, con la maleta hecha y las llaves del piso de mi hermana por si, llegado el caso, el asunto había ido tan bien que tuviera que llamarle para que desapareciera de casa a la voz de ya.
Salí como quien parte a descubrir las cataratas Victoria.
Quizá llegué demasiado pronto. Se marchaba un gato y aún había un perro faldero esperando. Yo los odiaba y ahora los odio más.
-Pasa, ya tengo el saco. –Y a la dueña del perrito-: ¿Te importa? Es un momento.
-Tranquilo.
-Si no tengo prisa... –aventuré yo. Él ignoró la sugerencia.
-Aquí tienes. Me han asegurado que pueden suministrarme más en un par de semanas. Son 28 con 70.
Yo tenía una invitación y un café en la punta de la lengua. Trabajosamente, porque tenía la boca seca, me los tragué.
Cuando salía, la dama del perrito y mi hombre se saludaban con un piquito en los labios.
-¿Antonio? Que voy para allá.
-¿Ya? ¡Qué rapidez! Me marcho ahora mismo.
-Coge las llaves y baja a echarme una mano. Estoy caminando por la calle con un saco de pienso de seis kilos en los brazos. Me siento estúpida y esto pesa como un muerto.
El Día de la Familia me fui a las colonias. Los niños estaban muy morenos e insistieron en enseñarme su tienda de campaña. Por dentro olía como la consulta del veterinario.
Laura no apeó la cara de perro en toda la tarde.
11/6/14
nada es nuestro
| François Chauveau (1613–1676) : Carte de Tendre
|
"Casi todo es de otros. Ni siquiera lo que sienten por nosotros es nuestro. Ni lo que no sienten. Uno sólo tiene lo que siente. Con esa tinta escribe"
Olga Bernad
Aquí está su blog
Y su perfil de facebook
17/8/13
estratos
He pasado unos días en el pueblo con mis padres. Están mayores y hay que acompañarlos.
El tiempo nos sucede y nosotros nos vamos sucediendo en el tiempo.
Los yos que fuimos no desaparecen, aunque a veces pretendamos ignorarlos. Podemos ir dejándolos caer en el olvido, pero no dejan de existir: se acumulan unos sobre otros.
Estamos formados por estratos.
Puede que los guardemos enterrados, ahí en el fondo, pero permanecen, existen, con tenacidad de piedra.
Los estratos se pueden mover y desordenar, incluso los más ocultos aparecen alguna vez.
Tal vez por alguna colisión tectónica que arruga la corteza y ondula la superfície, tal vez por la erosión, tal vez, como en este caso, porque la coincidencia de elementos provoca una vibración armónica que llama a un estrato en especial... y lo hace aflorar.
Al día siguiente se lo comenté a mi madre, y estuvimos charlando sobre esta teoría de los estratos. Ella me decía que a menudo se olvida de cual es su edad, que a veces se siente como una joven, y hasta se sorprende cuando se ve en el espejo.
La comprendo perfectamente, eso mismo me empieza a ocurrir a mí...
Las fotos son del Parque Zhangye Danxia, en China. Un lugar que aunque parezca increíble, existe: los estratos de piedra arenisca con distinta coloración se fueron acumulando a lo largo del tiempo, y afloraron a causa del choque de las placas indo-australiana y Eurásica, un trauma geológico que onduló y levantó el terreno.
Anteanoche, después de cenar, subí a mi cuarto a arreglarme y al bajar y decirles que salía, mi madre me repasó de arriba a abajo, como para darme el visto bueno, mi padre me dijo que cerrara el portón por fuera, como había hecho tantas y tantas veces y... yo, y yo estuve a punto de preguntar a qué hora debía volver.
Todo parecía una repetición exacta de un guión que habíamos interpretado juntos y con idénticas entonación y cadencia en muchas, aunque muy lejanas, noches de sábado.
De repente tuve, no un dejà vu, sino una "transportación".
Ahí estaba yo a mis 49 años delante de mis padres octogenarios anunciándoles que iba a salir esa noche... pero por unos momentos me transformé en la chica de 16 que se va de fiesta mayor e intenta negociar la hora de regreso. Por poco no le pido dinero a mi padre para los cubatas...
Esa chica estaba ahí mismo, y bastó una repetición de actores, escenario y texto para que aflorase. Me quedé estupefacta.
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| Imagen via Flick CC de Evgeni Zotov |
El tiempo nos sucede y nosotros nos vamos sucediendo en el tiempo.
Los yos que fuimos no desaparecen, aunque a veces pretendamos ignorarlos. Podemos ir dejándolos caer en el olvido, pero no dejan de existir: se acumulan unos sobre otros.
Estamos formados por estratos.
Puede que los guardemos enterrados, ahí en el fondo, pero permanecen, existen, con tenacidad de piedra.
Los estratos se pueden mover y desordenar, incluso los más ocultos aparecen alguna vez.
Tal vez por alguna colisión tectónica que arruga la corteza y ondula la superfície, tal vez por la erosión, tal vez, como en este caso, porque la coincidencia de elementos provoca una vibración armónica que llama a un estrato en especial... y lo hace aflorar.
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| Imagen via Flick CC de rolando000 |
Al día siguiente se lo comenté a mi madre, y estuvimos charlando sobre esta teoría de los estratos. Ella me decía que a menudo se olvida de cual es su edad, que a veces se siente como una joven, y hasta se sorprende cuando se ve en el espejo.
La comprendo perfectamente, eso mismo me empieza a ocurrir a mí...
Las fotos son del Parque Zhangye Danxia, en China. Un lugar que aunque parezca increíble, existe: los estratos de piedra arenisca con distinta coloración se fueron acumulando a lo largo del tiempo, y afloraron a causa del choque de las placas indo-australiana y Eurásica, un trauma geológico que onduló y levantó el terreno.
20/5/13
mira mi brazo tatuado...
En pocos días se volverá a abrir la temporada de playa: cuerpos al sol, presentación de lo trabajado durante el invierno en los gimnasios (o no), de tabletas de chocolate (o no) de muslos reafirmados por cremas mágicas o de celulitis resistentes a la operación bikini.
Y se abre también la temporada de exposición de tatuajes.
Fíjate tú, que cosas, jamás hubiese imaginado que los habitantes de Ocata tuviesen semejante interés en las culturas célticas y orientales.
Era tan chocante que me dio por pensar que había habido oferta en carrefour o en mercadona: por cada 25€ de compra, tatuaje gratis!!
Si se supone que los tatuajes dicen algo, (o deberían decirlo, contar una historia personal y con sentido, según comprendí después de haber leído "una educación siberiana") si es cierto que hablan acerca de su portador... la mayor parte de gente que veo tatuada tiene muy poco que decir o, básicamente, lo mismo que dicen de viva voz: que guay, tío, chachi, macho, que pasada, mola mazo, joder.
Del mismo modo que está limitado el léxico habitual de buena parte de la población, lo está el surtido iconográfico de sus tatuajes.
El Efrén Rodríguez se tatúa un signo japonés en la nuca que significa "eternidad" (o eso le han dicho, porque no tiene ni idea de japonés y lo mismo lleva el ideograma de "soy un pardillo" o "sopa de miso" y no se ha enterado), Jessy Méndez ha elegido un unicornio en la nalga y su amiga Vane unas decoraciones celtas en la región lumbar...
Como siempre, como en todo, como en una barra de bar o dando una charla, como en las redes sociales, tanto si abres una cuenta en twitter, o empiezas un blog o como haciéndote un tatuaje... que tengas un "nuevo" medio para expresarte... no significa que vayas a tener algo más interesante que decir.
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| Tatuajes de criminales rusos, una biografía completa sobre la piel. Fuente: VICE |
13/4/13
El rinoceronte escuchando a Souvirón
El pasado fin de semana tuve el inmenso privilegio de asistir en Menorca a un curso de Talleres islados, el que impartió Bernardo Souvirón sobre Alejandro Magno.
El taller tenía lugar en la casa de Mongofre, cedida por la Fundació Rubió Tudurí.
El entorno es impresionante, ya ven la panorámica: en el extremo nordeste de la isla, en una finca enorme y con estas vistas: a un lado el mar y al otro la laguna, que esos días estaba roja y turbia a causa de las tempestades que nos acompañaron. Entre ambos unas colinas y campiñas que parecen sobrevivir en las afueras de la Historia (bien podrían ser idénticas a las que veía Alejandro) y que en esta primavera Menorquina relucían verdes y floridas.
![]() |
| paisaje de Mongofre |
En cuanto a la casa... es un laberinto, quien sabe si con algún minotauro escondido, una acumulación de pasillos, salones y más salones, habitaciones descomunales, cuartos y cuartitos, rellanos, escaleras, patios, recibidores y más pasillos... el primer día me perdí varias veces.
| Autorretrato como fantasma perdido en Mongofre |
Quedé fascinada por las alacenas, en cualquier rincón había una armario repleto de vajilla. No sé en que momento esa casa habrá podido necesitar tantísimo ajuar...
| El maravilloso comedor |
Resultaba extraño estar allí, rodeados de recuerdos de una familia ajena, de cientos de objetos, de sus trofeos y botines de cacerías y actos sociales, con aparadores, mesas y mesitas atiborrados de fotos de la familia en bodas, bautizos y vacaciones, o acompañados por personajes de la vida pública de los últimos cincuenta años... me producía un cierto pudor y al mismo tiempo mucha curiosidad poder acceder a ese retazo de la privacidad de otros.
| Un rincón para momentos de recogimiento: la biblioteca |
Las clases se desarrollaban en el salón, donde instalamos el proyector y nos acomodamos en los sofás, grandes y acogedores como una madre buena.
Bernardo hablaba y se iluminaba, nos transportaba a otros tiempos y lugares bajo la atenta y miope mirada del rinoceronte... las palabras nos mecían y navegábamos por mares lejanos: macedonios, dorios, Termópilas, democracia, libertad, estrategia, polis, Gaugamela, oráculo, laberinto, πόθος (póthos), τιμή (timé) y κλέος (kléos) las palabras que definen a los héroes...
No seguimos el programa, es cierto. Las clases eran también conversaciones fecundas, brotaban con la surgencia de las aguas desde los estratos profundos y repletos del mucho saber, espontáneamente y durante todo el día, durante el desayuno, durante la comida, la cena e incluso durante la noche, animados por el gintónic local...
Bernardo Souvirón es un apasionado de la historia, de Grecia y de Alejandro, un humanista y profesor de raíz y un excelente orador. Con una presencia física imponente, una voz embriagadora y una afabilidad envidiable, es de esos profes que a todos nos hubiese encantado tener, de los que te contagian su pasión y te pueden cambiar la vida.
A Bernardo Souvirón le surge hablar de la historia que tan bien conoce de modo espontáneo e imparable, como nos gustaría que fuera el amor. Le encanta hablar, escuchar y responder a las preguntas de sus alumnos, disfruta explicando y dando clases y allí tenía un grupo peculiar de personas con un interés común: que querían escucharlo. Una combinación feliz.
No es sólo por el amor que le tengo a Menorca, a Mariona y a su proyecto de poder sacar adelante estos talleres islados que son como una pequeña joya, rara y extraña, más brillante y valiosa si cabe en estos tiempos de crisis y primas de riesgo.
No sólo por eso.
Por la oportunidad de vivir una aventura y una experiencia únicas es por lo que les recomiendo que se animen a regalarse alguno de los Talleres islados.
Porque son una ocasión de contactar con un autor de su interés en un entorno peculiar, con una cercanía e intensidad que no podrán tener de ningún otro modo: desayunando, comiendo, paseando con ellos, entrando en su mundo y dejándose seducir. Por la posibilidad de conocer a otras personas con intereses compartidos, estableciendo unas relaciones que se prolongan en el tiempo y son muy enriquecedoras. Porque es una oportunidad para el contacto humano y positivo, de esos contactos que, cuando ocurren, nos transforman y nos hacen mejores y más ricos. Por el regalo de vivir intensamente algo que realmente merece la pena de ser vivido.
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