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31/1/14

Quememos, no pudramos, lo que somos. Ardamos.


Beato de Fernando I y Sancha  folio 230 v. (detalle)

Los días van tan rápidos


Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación 
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones                                                                                                                             
una semana más, los días van tan rápidos 
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro 
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas. 

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera 
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura 
donde termina el hueso, me voy a mi semilla, 
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas 
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas 
y los meses gozosos que espero todavía. 

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse 
de haber entrado en este juego delirante, 
pero el espejo cruel te lo descifra un día 
y palideces y haces como que no lo crees, 
como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.                                           
Si eres mujer te pones la máscara más bella 
para engañarte, si eres varón pones más duro 
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa, 
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto: 
así es que lo mejor es ver claro el peligro. 

Estemos preparados. Quedémonos desnudos 
con lo que somos, pero quememos, no pudramos 
lo que somos. Ardamos. Respiremos 
sin miedo. Despertemos a la gran realidad 
de estar naciendo ahora, y en la última hora.


Gonzalo Rojas (De Contra la muerte, 1964)

9/5/10

el iluminador en el manicomio



Hace un par de semanas me fugué un finde a Madrid. Tenía compromisos con buenos amigos y aproveché para darme un paseo por el Prado, Caixaforum y el Reina Sofía.

De cuanto vi, que fue mucho, lo que más me llamó la atención fué la exposición de Martín Ramírez, (1895-1963).




Estaba ya agotada y lo que me impulsó a subir a la tercera planta a ver esa exposición de un desconocido fue que me pareció reconocer en el dibujo del folleto algunos rasgos del Beato de Liébana.

Admito que iba predispuesta a decepcionarme con alguna modernez basada en esa iconografía que conozco bien y que tanto amo, en especial el ejemplar de la Seu y el de Fernando I de la Biblioteca Nacional.



No era el caso, no me decepcionó sino que me resultó deslumbrante el obsesivo y minucioso trabajo de Martín Ramírez y su peculiar odisea personal. Jornalero mejicano, ferroviario, emigrante, perdido en la calle se le diagnosticó esquizofrenia y fue internado en el Hospital Estatal DeWitt, en Auburn, California, donde se dedicó a dibujar de modo obsesivo. Estuvo internado en distintas instituciones hasta su muerte.

Y sea por su formación católica o por que lo hubiese visto en alguna ocasión, sigo opinando que algo sí tenía que ver con el beato:






















Atanasio Ramírez, sobrino nieto del pintor, comenta que “ante la falta de materiales, Martín recolectaba de la basura papeles arrugados, hojas de revistas, sobres, cartas, periódicos y los pegaba con una pasta que él mismo elaboraba con papa, avena y con su saliva. Hacía grandes pliegos, pues algunas de sus obras medían tres o cinco metros. También utilizaba crayones, gises, acuarelas, e incluso jugos de frutas y fósforos en lugar de carboncillo”.











Vírgenes, jinetes, animales, trenes y túneles... un mundo peculiar. Si tienen ocasión de pasar por el Reina Sofía, no se la pierdan.


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