Los martes trabajo muchas horas, salgo de casa temprano y no vuelvo hasta esa hora fatal del crepúsculo, cuando ya mis baterías empiezan a fallar y sólo tengo ganas de parar un rato, lejos de los malditos platillos del de las pilas duracel.
Y de camino a casa aún me queda pasar por el súper a
avituallarme para la cena.
Afortunadamente el martes es también el día que viene la asistenta.
Suelo llegar francamente cansada, pero mientras subo resoplando las escaleras con las bolsas cortándome las manos, mmmm... ya empiezo a recrearme en esa sensación tan agradable: abro la puerta sabiendo que mi casa me recibirá con su mejor aspecto ordenado y reluciente, que olerá a limpio, que la cocina y el baño estarán impecables y todo, por lo menos aparentemente, en su sitio.
Yo le dedico muchas energías a educar e intentar domesticar a mis cachorros de 10 y 16 años, pero aún así... su energía creativa y su capacidad para generar desorden nos desbordan a todos, a mí y a ellos.
Ana sólo viene unas horas la tarde del martes, en realidad es un gasto que no puedo permitirme, pero prefiero recortar por otro lado, por donde sea, porque... a ella la necesito, me hace falta para mantener la casa más o menos digna pero sobre todo la necesito para mantener mi equilibrio psicológico y emocional.
Estoy segura de que un montón de crisis de pareja se resolverían con menos terapia y más asistenta.
¿No les ha ocurrido tener discusiones recurrentes con la pareja por quién tiene que poner el fregaplatos?, ¿pasar el aspirador?... ¿o por la toalla húmeda hecha un gurruño -una vez más- en el suelo del baño?.
No soy nada obsesiva con el tema, no crean, pero me ocurrió cuando tenía pareja conviviente: a veces me embroncaba yo, a veces él.
Siempre pensé, y sigo pensando, que es algo lamentable, que con la pareja habría que discutir por temas más trascendentes: las creencias religiosas, la política, por si el universo se expande o se contrae, por el fútbol o por
lo último de Carlos Marzal, no sé, tener discusiones más importantes y apasionadas.
Pero se acaba acumulando rencor y discutiendo porque alguien se olvidó de tender la lavadora.
Es impresionante el mal rollo que puede generar el asunto del reparto de las tareas domésticas.

El rastro laborioso e higiénico de Ana perdura durante dos o tres días, y mientras persiste mis hijos reciben menos reprimendas y a un nivel de decibelios más civilizado, casi norteuropeo. Pura aromaterapia: el olor de Ajaxpino mejora notablemente la convivencia familiar.
De modo que sí, Ana me hace feliz.
No sé si puedo decir eso, tan contundentemente, de mucha de la gente de mi vida.
En primer lugar porque (sí, esto ya me lo sé, que yo me he leído un montón de libros de autoayuda, y he visto un montón de
poverpuás, oiga), a estas edades ya he entendido que lo de "hacerme feliz" es básicamente un asunto propio, y en segundo porque resulta que incluso quienes más queremos y nos quieren no nos hacen siempre felices... a veces sí y a veces lo que hacen es
ponernos a sufrir como perros atropellados varias veces... seguidas.
Ana es una mujer grande y enérgica, ucraniana, honesta y alegre, una gran profesional.
Cuando la necesité hice seis entrevistas en una mañana y la contraté a ella porque a pesar de que apenas se manejaba con el español me causó buena impresión, me pareció despierta y buena gente, y porque... llevaba las manos limpias y olía a lejía. Unos
criterios de selección de risa, pero que han dado buen resultado: hace muchos años que está conmigo y ambas estamos encantadas de habernos conocido aunque apenas nos veamos nunca.
Sí, la pago, pero Ana
me hace feliz, siempre y mucho. Se lo gana sobradamente, porque hace mi mundo más habitable, porque hace por mí lo que yo detesto hacer, porque lo hace más y mejor, porque colma sobradamente mis expectativas y me da exactamente lo que necesito de ella.
No siempre estoy muy segura de lo que me hace feliz, pero de esto sí.
Y a vosotros, ¿qué o quién os hace felices?