El mes de agosto. Hace años que elijo trabajar en agosto, aunque en la oficina el ritmo decae y sin ese estímulo de más, las mañanas se hacen muy largas.
(Pero es una oportunidad de reforzar lazos con los pocos compañeros que se quedan).
Los amigos no están en la ciudad, no hay planes ni obligaciones, no hay actividades cotidianas y las rutinas quedan en suspenso. Es raro agosto.
Me quedo en casa y es momento de estar a solas en mi propia compañía.
Agosto es para mí, desde hace años, un mes terapéutico en el que me otorgo la libertad de ver qué hay, me dejo ser, me permito averiguar qué queda de mí cuando estoy en soledad, quien soy yo cuando nadie me ve.
A veces es una prueba.
No digo que sea fácil.
He dicho que es terapéutico.
Hubo años en los que me dediqué principalmente a aprender a no hacer nada, resultó complicado al principio, iba en contra de mi educación y del acervo familiar, pero lo conseguí y ahora se me da muy bien.
En otras ocasiones he leído sin parar, o he salido mucho, o he descubierto las delicias de spotify y he podido recopilar
la música que me gusta, o he practicado más deporte... este año me ha dado por pintar y ordenar la casa. Un agosto de reformas.
La soledad puede ser un lugar grato que nos recibe con amabilidad o un descampado lleno de escombros, ser un paraje silencioso o estar llena de gritos.
Depende de como la amueble cada uno.
*No he conseguido averiguar la autoría de la imagen que ilustra el post. Me impactó cuando la vi porque la identifiqué con un lugar que aparecía frecuentemente en mis sueños, o sería más correcto decir en mis pesadillas. Es un lugar en el que jamás he estado, pero que conozco muy bien.
Ahora hace mucho que no sueño con ese edificio medio construído y abandonado... creo que eso es bueno.