21/5/10

once mil vírgenes

Cuenta la leyenda que Úrsula se convirtió al cristianismo y, según se llevaba en la época, se comprometió a mantenerse virgen como muestra de su fe.

Ante el acoso de algún pretendiente la tarea le estaba resultando tan ardua que decidió desaparecer del mapa por una temporada, lo que en aquel entonces se llamaba "realizar una peregrinación a Roma".

Llegada a Roma recibió la bendición del papa y consagró sus votos, pero al regresar a Britania fue sorprendida en su escala en Colonia por el ataque de los hunos, en 451.
Su voto de castidad peligraba seriamente... los hunos, ya se sabe. Como Úrsula seguía empeñada en mantenerse pura y se resistió a los bárbaros, fue martirizada. Ella y todas sus acompañantes, aunque la leyenda no cuenta si alguna de ellas tenia mejor disposición hacia los húnicos encantos.



Hasta aquí brevemente la historia, muy parecida a la de tantas otras adolescentes fanáticas que acabaron muriendo no sólo jóvenes y vírgenes sino que además, por tozudez, mártires.


Santa Ursula y sus compañeras llegando a Colonia, Bernardo Daddi , circa 1333. The Getty Museum, Los Ángeles


Era por ubicar el tema, porque de la leyenda de Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes lo que me ha llamado siempre la atención es la representación iconográfica, el problema de como meter en un barco a las once mil vírgenes que se supone que la acompañaron en su viaje y martirio.

Siempre me han dado risa esas imágenes de barcos repletos de chicas, aunque los artistas resuelvan el problema apiñando una docena... y uno ya se hace a la idea de que "eran muchas".


Alemania, maestro desconocido. Escenas del Ciclo de Sta. Ursula. circa 1440


Lo de las once mil vírgenes puede venir de la inscripción de una basílica, en la que se nombra a las otras doncellas (Aurelia, Brítula, Cordola, Cunegonda, Cunera, Pinnosa, Saturnina, Paladia y Odialia de Britannia), de las cuales una se llamaba Undecimilla ( "la pequeña undécima", en latín), de donde pudo derivarse la idea errónea de que las compañeras de martirio de Úrsula fuesen once mil.

También pudo ser una mala interpretación de la abreviatura XI.M.V. (undecim martyres virgines, once mártires vírgenes), leída y transcrita como undecim millia virginum, once mil vírgenes.

Joan Reixac, Retaule de Sta. Úrsula, 1468, MNAC


Vittore Carpaccio realizó en Venecia un ciclo completo de frescos sobre la leyenda de esta mártir, que merecen un post para ellos solos. (No dejen de leer este precioso relato sobre los frescos y un estudioso que se perdió allí)



Visualicen once mil vírgenes todas juntas navegando por esos mares y volviendo locos a los marineros... no me extraña que prosperase la idea entre los pintores, escultores e iluminadores, es una imagen de lo más sugerente, pero...

¿se imaginan uno de esos barcos en una semana de tensión premenstrual de varios centenares de jóvenes vírgenes poseídas por la fe?.

15/5/10

¿dónde están las llaves? Matarile

La foto es de la galeria FlicKr de Neogabox, con CC


Hay algo que aún me cuesta más tirar que los libros: las llaves. Las llaves que ya no abren ninguna puerta.

Llaves de candados que se perdieron, de cerraduras que se cambiaron hace mucho tiempo. Llaves de lugares que ya no existen, o para los que yo ya no existo.

No sé que extraño afán coleccionista me había impulsado a guardarlas a lo largo de los años, a sabiendas de su inutilidad, ni sé porqué me ha costado tanto desprenderme de ellas.

O sí. Cada uno de esos trozos de metal era la llave de un mundo perdido: risas, experiencias, también lágrimas, emociones, caras que no volveré a ver jamás, caricias que iluminaron noches y se desvanecieron como fuegos artificiales, decepciones, duelos, cafés y conversaciones compartidos, aprendizajes, ventanas, amaneceres y atardeceres, sofás que retuvieron mi forma y en los que anidé, espacios que conocí tan y tan bien y que apenas ya puedo recordar... polvo.


Adiós guardianas de retazos de vida de aquella que fui, ando buscando nuevas puertas.

9/5/10

el iluminador en el manicomio




Hace un par de semanas me fugué un finde a Madrid. Tenía compromisos con buenos amigos y aproveché para darme un paseo por el Prado, Caixaforum y el Reina Sofía.

De cuanto vi, que fue mucho, lo que más me llamó la atención fué la exposición de Martín Ramírez, (1895-1963).




Estaba ya agotada y lo que me impulsó a subir a la tercera planta a ver esa exposición de un desconocido fue que me pareció reconocer en el dibujo del folleto algunos rasgos del Beato de Liébana.

Admito que iba predispuesta a decepcionarme con alguna modernez basada en esa iconografía que conozco bien y que tanto amo, en especial el ejemplar de la Seu y el de Fernando I de la Biblioteca Nacional.



No era el caso, no me decepcionó sino que me resultó deslumbrante el obsesivo y minucioso trabajo de Martín Ramírez y su peculiar odisea personal. Jornalero mejicano, ferroviario, emigrante, perdido en la calle se le diagnosticó esquizofrenia y fue internado en el Hospital Estatal DeWitt, en Auburn, California, donde se dedicó a dibujar de modo obsesivo. Estuvo internado en distintas instituciones hasta su muerte.

Y sea por su formación católica o por que lo hubiese visto en alguna ocasión, sigo opinando que algo sí tenía que ver con el beato:





















Atanasio Ramírez, sobrino nieto del pintor, comenta que “ante la falta de materiales, Martín recolectaba de la basura papeles arrugados, hojas de revistas, sobres, cartas, periódicos y los pegaba con una pasta que él mismo elaboraba con papa, avena y con su saliva. Hacía grandes pliegos, pues algunas de sus obras medían tres o cinco metros. También utilizaba crayones, gises, acuarelas, e incluso jugos de frutas y fósforos en lugar de carboncillo”.









Vírgenes, jinetes, animales, trenes y túneles... un mundo peculiar. Si tienen ocasión de pasar por el Reina Sofía, no se la pierdan.


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